Cinco asesinatos de mujeres. Violencia de género.

Ene
2016
15

Publicado por en Sociedad

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Ayer mi compañera, sacudida por el drama de los últimos asesinatos de mujeres, esas cinco en los primeros pocos días del año, escribió lo que me propongo transcribir aquí porque, por su contenido, merece la pena que se difunda más allá de sus amigos y seres más cercanos. También para que sienta que estoy a su lado, a pesar de ser hombre y saber que yo he sido educado de una manera determinada, que por ello en mi construcción mental caben cosas que no deben caber. Hasta que todos los hombres (y todas las mujeres) no asumamos nuestros errores, no comprendamos lo terrible de nuestros comportamientos, y la manera hasta cruel en que nos relacionamos, repitiendo roles desfasados (sobre todo en la vida cotidiana) que son los que conducen a esos actos criminales que salen en los medios, no podrá decirse que somos una sociedad civilizada. Esto nos afecta a todos y a todas por igual y de forma radical.

Dice Chus:

“Si tuviera que hacer una encuesta sobre machismo y violencia, en lugar de preguntar a las mujeres si alguna vez se han sentido acosadas, preguntaría cuántas veces han sido acosadas; en lugar de preguntar si alguna vez se han sentido violentadas, preguntaría cuántas veces han sido violentadas. No preguntaría si han tenido que cruzar de acera o buscar refugio ante un plasta perseguidor, no, preguntaría cuántas veces han tenido que hacerlo. No preguntaría si curraron más y mejor para alcanzar una meta, sino cuántas veces el premio se lo llevó el macho alfa con la mitad de esfuerzo.
Yo, como cualquier amiga con la que he hablado de esto, como la mayoría de las mujeres que conozco, he sido acosada en la calle y en el curro, violentada, he tenido que buscar refugio.
La primera vez que alguien me metió mano fue un adulto, amigo y vecino de un familiar. Me llevó a su casa a ver el bonito belén que montaba cada año. Yo tenía ocho años y me sentí tremendamente sucia ¡y culpable! Fui capaz de decírselo a mi tía, que me pidió silencio para que mi tío no se liara a hostias y así poder continuar la vida vecinal, como si nada. A mis once o doce, una pandilla de machotes me agarró el columpio desde atrás y se cebaron mientras mis primas corrían a avisar a los mayores. Hubo más y peor, me libré por los pelos de dos situaciones graves, pero no entro en más detalles.
Tampoco voy a extenderme sobre el desafío laboral, ni sobre las babas que en el curro, de cuando en cuando, me tenía que sacudir de encima llena de asco y desprecio.
Lo terrible es que todo esto era absolutamente normal y socialmente aceptado como algo inevitable. Más terrible aún: ese punto de duda si eras capaz de contarlo. ¿Se lo habrá buscado, habrá dado alas esta chica?
No hablaré de los ojos que no quieren ver en la prostitución una forma habitual de esclavitud. No hablaré de las consecuencias físicas y psicológicas de que se asuma hasta con simpatía el hecho de que el hombre busque compañía fresca fuera de casa y se lamente de su rutinaria suerte mientras la mujer, agotada, cuida los hijos y los trastos a la espera inútil de que las cosas cambien algún día.
La gran mayoría, dentro o fuera del ámbito doméstico, hemos sufrido la violencia de la testosterona sin neurona desde que nos empezaron a despuntar las tetas.
Me harta bastante que sigamos mezclando en tantos ámbitos la igualdad entre géneros con la violencia de género, que sigamos poniendo en entredicho que la mujer ha sido y es objeto de abusos psicológicos, físicos, sociales y laborales. Así es que me parece mejor que bien que las mujeres hagan hoy lo que se les ponga en la punta la nariz para denunciar que no, que no, que no somos iguales.
Hay malas mujeres como hay malos hombres. Parece obvio, pero no, no lo es. A ver si entendemos que nada tiene que ver la lucha de género con la lucha entre géneros, ni los desencuentros y la falta de entendimiento entre dos personas con la pelea por conquistar lo que a estas alturas tendría que estar más que normalizado. Y como este tema me duele a borbotones, me voy a callar ya mismo y a guardar cinco minutos de silencio por las cinco mujeres asesinadas en lo que va de año”.

Entiendo tan bien su profundo dolor, que yo quiero firmar también estas palabras y voy a seguir peleando contra tantos mensajes inculcados por mis padres, mis amigos, la sociedad que me ha rodeado, construyendo mi personalidad, con fallas, recovecos miserables y grandezas. Porque ya tiene que nacer ese mundo nuevo que brote de nosotros mismos, y si nosotros no cambiamos… mal asunto. Gracias, Chus.

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  1. Marisa Sánchez de Andrés.

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