De la próstata o de cómo todo se deshumaniza

Ene
2016
26

Publicado por en Sociedad

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Yo padezco de próstata, me consuela que entre los hombres de mi edad, desde poco antes o poco después, es una dolencia demasiado generalizada. Una de las consecuencias es que mi comportamiento fuera de casa gira en torno a los lugares adonde puedo desahogar los apretones cada vez más cercanos. En Madrid ya no hay urinarios públicos como antes, ignoro por qué razón los eliminaron. Y, claro, en los bares te miran mal, a no ser que aproveches para tomarte un café o una caña, o pases sin ser visto. Me hablaban de que en Praga existen por todas partes los servicios, deben ser más humanos e inteligentes que nosotros, por eso tienen algo de bohemios. O más meones. También frecuento la estación de Atocha.

El otro día, habiendo llegando de Zafra, y esperando mi tren a Collado Mediano, me quedé más de veinte minutos paseando antes de entrar por los controles. Y digo paseando porque en todo ese espacio no hay un sólo asiento, salvo los que corresponden a los negocios hosteleros.

Pues si ese dato ya expresa la poca consideración que nos merecemos por parte de quien planifica los espacios colectivos, lo siguiente es para tirarse de los pelos y quedarse calvo antes de tiempo. Y tiene que ver con mi casuística urinaria.

Esa imagen dulcificada… porque finalmente me he censurado y no he puesto que es para poner una bomba, como metáfora de la indignación que me crece cada vez que un prostático como yo tiene que soltar unas gotitas de orina por 60 céntimos de euro. ¡0,60 € por mear! ¿Alguien se lo explica? En una estación de transporte público. ¿Por qué una empresa privada como 2theloo, holandesa para más señas, puede sacar provecho económico de la necesidad urgente de miccionar que puede tener cualquiera?

La excusa es que los suyos son retretes bonitos, agradables, decorados, posmodernos en una palabra. Claro, así los queremos, pero gratis, señores. Aunque lo que uno requiere es sólo que estén limpios, y eso se consigue ocupándose de ellos, no dejándolos volverse pútridos como llegaron a estar, y así tener la excusa necesaria para tenerlos que vender a una empresa privada.

Es un detalle, para nada insignificante, de hacia dónde vamos, de por dónde caminamos al futuro. Y sólo por la ambición desmedida de nuestros gobernantes. No hay otra razón. O sí, la de que no piensan en los demás, sino sólo en sus bolsillos y en los de su gente. Porque si una estación se llama Vodafone Sol desde hace ya tanto que nos hemos olvidado de su verdadero nombre, asumiéndolo con resignación, es porque alguien, sin la menor duda, se ha beneficiado por algo que rompe una ética, una estética; cosas (la ética y la estética) que se pueden destruir cada vez que se perciba la manera de obtener una comisión, beneficiar a un amigo, favorecer al partido (o al grupo), etc.

Y ¿para qué más ejemplos? todos conocemos cientos. Casos de corrupción, o sencillamente de mal gusto, que no tienen en cuenta a los demás, que deshumanizan nuestro entorno. Que lo tergiversan hasta que lo descubrimos irreconocible. También me tengo que acordar aquí de los vértigos de mi compañera en la terminal 4 de aquel Aeropuerto de Barajas. Porque montones de construcciones no se yerguen pensando en la comodidad, ni en las personas con problemas sino, en la mayoría de los casos, sólo en cómo puede resultar más caro, para mover más dinero empleando más materiales. Pero dejando de estar construidos para beneficio de las personas.

Así vamos mal.

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