El cuento de la criada, ¿la novela feminista de Margaret Atwood?

Jul
2017
24

Publicado por en Arte y cultura, Libros

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Reconozco que me ha costado leer esta novela. Luego he visto la serie que han hecho a partir de ella y que ha tenido gran éxito en Inglaterra y, aunque entre el libro y la serie hay una distancia enorme, la serie también me ha interesado. A ambas obras, y la versión llevada al cine (El cuento de la criada (1990) también llamada La historia de la doncella o El precio de la fertilidad, basada en un guion de Harold Pinter, dirigida por Volker Schlöndorff. Fue protagonizada por Natasha Richardson como Offred, Faye Dunaway como Serena Joy, y Robert Duvall como el comandante (Fred)), las han definido como “una distopía feminista”. Bueno, si se quiere decir así, pero no es tan simple.

Es cierto que se trata de una distopía, aunque en un tiempo bien cercano al de la novela (publicada en el 85), y mostrándonos un mundo muy cerrado. Apenas sabemos circunstancias de la sociedad en su conjunto. La historia se centra en la clase dirigente, la de los Comandantes, y el mundo femenino que gira a su alrededor: esposas, tías, criadas y vientres fértiles. Y lo que vamos descubriendo es que se trata de una sociedad fuertemente represiva con valores dogmáticos y, tal vez, tradicionales en su expresión más radical.

Esta es la única explicación de lo sucedido que nos ofrece la autora a lo largo de las páginas de la novela: “Fue después de la catástrofe, cuando le dispararon al presidente, ametrallaron al Congreso y el ejército declaró el estado de excepción. En ese momento culparon a los fanáticos islamistas… Hay que conservar la calma, aconsejaban por la televisión. Todo está bajo control… Fue entonces cuando suspendieron la Constitución. Dijeron que sería algo transitorio. Ni siquiera había disturbios callejeros. Por la noche la gente se quedaba en su casa viendo la televisión y esperando instrucciones. No existía une enemigo al cual denunciar”.

Hay calma chicha a la espera de que estalle la tragedia, que todo indica que su momento tiene que llegar, porque la tragedia se arrastra sorda en cada página que nos acerca adonde la tensión se rompa. No sabemos exactamente qué sucede alrededor, prácticamente sólo lo que vive uno de esos vientres fértiles, vestidos de rojo, que son los que folla el comandante una vez al mes, ella sobre el regazo de la esposa, que es quien más anhela que su esposo tenga descendencia. “Nuestra misión es la de procrear: no somos concubinas, ni geishas, ni cortesanas. Al contrario, han hecho todo lo posible para apartarnos de esa categoría”. Dejarse penetrar por el Comandante: “No tiene nada que ver con la pasión, ni el amor, ni el romance, ni ninguna de esas ideas con las que solíamos estimularnos. No tiene nada que ver con el deseo sexual… La excitación y el orgasmo ya no se consideran necesarios, sería un síntoma de frivolidad, como los ligueros de colores y los lunares postizos”.

Sólo tenemos la voz de la narradora, desde la perspectiva del personaje protagonista (a la que han arrebatado su hijo y su marido, convirtiéndola en vientre fértil), dándonos datos de cómo es la vida en ese punto. Sólo eso, y la información nos alimenta para seguir descubriendo todo lo demás, que es un mundo que da vueltas sobre sí mismo, con los antecedentes de lo que fue y se interrumpió.

“Nos hemos quedado sin emoción, casi sin sensaciones, debemos de ser como fardos de tela roja. Nos duele todo. En nuestros regazos llevamos un espectro, un bebé fantasma. Ahora que el nerviosismo ha pasado, debemos hacer frente al fracaso. Mamá, pienso. Estés donde estés, ¿puedes oírme? Querías una cultura de mujeres. Bien, aquí la tienes. No es lo que pretendías, pero existe. Tienes algo que agradecer.” Seguramente para que el lector salte de su silla y pregunte a gritos: ¿Eso es una cultura de mujeres, o es precisamente lo contrario? ¿Ha escrito la autora un revulsivo para que nos rebelemos? Yo creo que sí.

El feminismo reside en considerar a la mujer objeto de parto, y servicio, y supeditación al jefe, que es el marido. Pero las normas se establecieron conjuntamente por hombres y mujeres, mirando al pasado, y no sólo eso, en un momento se define el papel de las Tías, que son una especie de capataces del orden: “La curiosa agencia de control femenino conocida como las ‘Tías’… el modo más eficaz de controlar a las mujeres en la reproducción y otros aspectos era mediante las mujeres mismas… por auténtica creencia en lo que llamaban ‘valores tradicionales’, o por los beneficios…”. Y de ahí a otra frase clarificadora: “Los hombres son máquinas de practicar sexo, decía Tía Lydia, y poca cosa más. Sólo quieren una cosa. Debéis aprender a manipularlos para vuestro beneficio”

Y es que… “Hijos de Jacob, en los que se forjó la filosofía y la estructura social de Gilead. Esta organización se formó poco después de que las superpotencias detuvieran la carrera armamentística y de la firma del llamado Acuerdo de las Esferas de Influencia, que dejaba a las superpotencias libertad de acción, sin interferencias, con respecto a las crecientes rebeliones que tenían lugar dentro de sus fronteras”.

Tal vez todo quede claro con esta definición de ese mundo que puede, tal vez, resumirlo: “En Gilead hubo muy pocas ideas verdaderamente originales: su genialidad consistió en la síntesis”.

Lo que verdaderamente nos está diciendo Margaret Atwood, me parece, es que un hipotético futuro como el descrito, feroz en su crueldad y en su clasismo machista, está contenido ya en la actualidad, y marcado por el pasado.

Sin embargo, más allá de una visión feminista, advierte de dónde venimos y de los peligros de considerar a la mujer en ese segundo lugar donde se la coloca por el hombre gobernante, además de la astucia de crear un mundo que nos aterra. Una sociedad a la que ha resultado demasiado fácil construir, y que, hoy, está al alcance de la mano. Cualquier día nos levantamos y se han reformado nuestras normas sociales (leyes, constitución, etc), de modo que ya no podemos hacer muchos cosas y, sin embargo, tenemos que hacer obligatoriamente otras. Sí, un mundo avieso, represor, está al alcance de la mano porque elementos parecidos, en facetas o sectores del presente, los hemos vivido. De repente en España, por ejemplo, tenemos, todos, menos derechos, nuestro nivel de  confortabilidad ha caído en picado para los menos pudientes. Y no pasa nada, no hay un rechazo global, hay una bajada de testuz y una aceptación de las nuevas condiciones de vida. Para mí, esa es la clave de lo que nos enseña esta novela tan especial, que tanto hace pensar, y que incluso nos acompaña en los sueños, convirtiéndolos en pesadillas al alcance de la mano.

La serie es muy distinta, naturalmente, para darle chicha televisiva, han elaborado subtramas y tramas que la novela no tiene. Es buena en sí misma, pero hay mucha distancia con el original, que sólo plantea una especie de sordina para dejarnos ahítos de desesperanza, atentos a esos cambios terribles que se han producido, que se producen y que se pueden producir con más facilidad de la que querríamos.

Una novela que, con el paso del tiempo tras su lectura se va haciendo, cada vez más, aterradora.

El cuento de la criada lo ha publicado recientemente Salamandra (con una presentación clarificadora de la autora). Buscar también algún otro libro de esta autora canadiense nacida en 1939, por ejemplo hay  un libro bien especial, de relatos, que se titula Asesinato en la oscuridad.

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