El gallo de oro, de Rimski-Kórsakov, una ópera contra el poder

May
2017
26

Publicado por en Miscelánea

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El gallo de oro es una ópera en tres actos con música de Nikolái Rimski-Kórsakov y libreto en ruso de Vladimir Belski, basado en un poema de Alesandr Pushkin. Una sátira amarga sobre la arbitrariedad de los tiranos, el abuso de poder y el conformismo de los sometidos, además de una autocrítica sarcástica al nacionalismo musical ruso de finales del XIX, del que él era un apreciadísimo representante. Ahora se ofrece en el Real en espectáculo colorista y juguetón, subrayando la caricatura que creó el compositor ruso del poder totalitario.

Una obra que enfrentó al músico con Nicolás II, zar de todas aquellas Rusias. El detonante definitivo fue el Domingo sangriento de San Petersburgo (200 muertos y 800 heridos al mandar abrir fuego contra una concentración pacífica), el momento central de la Revolución de 1905, colofón por la guerra suicida que emprendió Rusia contra Japón en 1904 con miles de muertos, además de la corrupción del zarismo. Todo eso es lo que inspira a Rimski-Kórsakov a hacer esta parodia, la última de sus quince óperas, que no llegó a ver montada porque murió un año antes de su estreno.

Tradujo la amargura y la rabia ante lo que estaba sucediendo en su país, en una feroz caricatura de un zar caprichoso, haragán y egocéntrico, que somete los designios de su reino al canto de un gallo de oro. Y que, para colmo, tiene dos hijos indolentes y necios. Tampoco es compasivo con los súbditos aduladores y mansos.

Laurent Pelly ya había dirigido en el Teatro Real La hija del regimiento y Hansel y Gretel, y ahora maneja el mismo estilo para el montaje y los figurines. Y el británico Ivor Bolton, director musical titular del teatro, se pone al frente de la orquesta que interpreta una partitura sensacional.

El zar Dodón (Bobón podría ser su traducción) se pasa el primer acto en la cama, ni siquiera se levanta de ella para la toma de decisiones, que las delega en un gallo. En el segundo recibe a la fascinante Zarevna que aparece por la cornucopia que llena el escenario prometiendo bienes infinitos, aunque en realidad  simboliza, el cuerno roto, una espiral que se lo va a tragar todo. Zarevana es capaz de conquistar el imperio sin necesidad de combate, sólo con las artes de la seducción, convirtiendo al zar en juguete del deseo. Y en el tercer acto llega el final aniquilador.

Hay mucho de Alfred Jarry en el montaje que se presenta estos días, de su Ubú, incluso en los figurines, seguramente influyó aquel excéntrico en la idea del compositor ruso, ambos contemporáneos. La exageración de sus actitudes, la hilaridad del texto enmarcada por la música, la crítica total, lo grotesco en todas sus dimensiones.

De nuevo la música de El gallo de oro, maravillosa.

Y de la ópera en su conjunto decir que es terrible saber de su candente actualidad. En la Rusia actual, en Estados Unidos, en Corea o en España, en las cuatro esquinas del “orbe civilizado”, donde el poder absoluto campa por sus respetos, pero sin respeto a la población. Y la música no lo endulza, lo corroe, sugerida por un ingenuo cuento orientalista.

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  1. Jaime Pastor

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