El lagarto negro, un clásico de la novela negra japonesa

May
2017
29

Publicado por en Arte y cultura, Libros

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Antes de dar la impresión que me ha producido la lectura de esta novela negra, es preciso decir quién es Edogawa Rampo, para luego explicar qué es El lagarto negro. Pero lo que os anticipo es que es una novela curiosa, al modo de cierta vieja usanza.

Edogawa Rampo, como se diría Edgar Allan Poe en japonés, es el seudónimo del escritor Hirai Taro (1894-1965), critico divulgador de la novela policíaca y autor prolífico (probablemente tenga en su haber cerca de setenta novelas y más de ese número en relatos. Seguramente el más destacado de los escritores que compusieron una llamada edad de oro de la literatura negra japonesa. En su país sigue siendo enormemente popular, por la continua reedición de sus obras, y también por las adaptaciones de sus historias al cine, a la televisión y al teatro. Edogawa Rampo, verdadero icono de la novela policiaca japonesa.

El lagarto negro es un tatuaje por el que se conoce a una reina del hampa, Midorikawa, pérfida y sensual quintaesencia de la mala malísima. Enfrentada en duelo titánico al inmortal personaje de Rampo, el detective Kogoro Akechi. Midorikawa es coleccionista de todo lo bello de lo que tiene noticia, así que pretende la joya más preciada del Japón. Pero más allá del previsible éxito en el robo, lo que la mujer pretende también es rubricar su deseo con una victoria definitiva sobre su contrincante.

Y el detective participa en un juego de idas y venidas, de triunfos y derrotas, de aparentes pistas y desenlaces engañosos, en respuesta a los de ella. Sin saber nunca quien va delante y quien detrás.

Es cierto, como se ha dicho, que Kogoro Akechi está en la línea del Dupin de Poe o el Holmes de Doyle, maestros los tres en las artes de la deducción y de la lógica en su trabajo investigador. A mí la novela, que me ha gustado, la sitúo en la línea de Fantômas. Sí, según leía se me aparecía cada vez más aquel personaje, también malo malísimo colosal. Es una manera de contar una historia que tiene que ver con el cómic, recuerdo con nostalgia aquellos decorados de cartón piedra, todo excesivo, también sus gestos, sus parlamentos. No es que la historia no sea creíble, que seguramente no lo es por momentos (y no es lo que más importa), sino que la atmósfera, el comportamiento de los personajes, no sólo de los dos papeles principales, todo tiene que ver con aquella magia que nos enredaba cuando éramos adolescentes.

Veo a la lagartona ésa, pintada como un cuadro, con vestidos de ensueño y apariciones espectaculares, y en la escena siguiente trajeada de hombre y con un bigotito, capaz de las más perversas decisiones. Y al detective siempre en su lugar, con ojo panorámico, un MacGyver de la anticipación y la transustanciación, alerta ante cualquier destello macabro.

Ella es increíble y él es una especie de súper héroe que siempre regresa, que todo lo puede. Pero siempre queda una sorpresa más y no llegas a saber quién gana la partida hasta que cierras el libro por la última página. Antes, puedes estar equivocado. Una lectura para pasarlo bien; sin exigencias, dejándote llevar.

Lo esencial es que se haya recuperado a un autor clave para entender la literatura japonesa, seguramente al maestro del género en el país oriental. Porque lo que se nos tiene que permitir (la industria editorial a veces lo hace) es tener a nuestro alcance todo lo bueno que se ha escrito. Y esta novela, además de divertida y entretenida, es buena.

Publicada en la Black Salamandra

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