¿Están los restos de mis padres en la Facultad de Medicina?

May
2014
20

Publicado por en Miscelánea, Sociedad

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Mis padres, el día de su boda

En su día, mis padres me comunicaron que habían donado sus cuerpos a la facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid cuando murieran. No sólo lo entendí, sino que aprobé su decisión y me prometí que también sería la mía. A poco más de siete años de su muerte, pudiera ser que sus restos permanezcan “hacinados sin control” en el Departamento de Anatomía II de la Facultad de Medicina, junto a 250 cadáveres que tenían que haber sido incinerados hace ya tiempo, porque al parecer el período útil de esos cadáveres es de unos dos años.

Cuando uno toma la decisión de donar su cuerpo a la ciencia sabe lo que está haciendo. Sabe que tras la muerte no hay nada. Sabe que el catolicismo y la tradición han convertido ese momento inevitable en un repugnante fantástico negocio. Sabe que el duelo, el tener a tu ser querido de cuerpo presente unas horas machaca mucho cuando ya todo es inútil. Sabe que lo que queda suyo en el mundo, un cuerpo sin vida, va a ser objeto de manipulación impúdica. Sabe que lo único que vale es el recuerdo de la vida pasada.

Tengo grabado en la parte de mi memoria donde guardo lo más dramático, el momento en que cada uno de ellos terminó. Yo mismo tuve que agarrar sus cuerpos y ayudar al único funcionario que vino a recogerlos a meterlos en el coche donde se los llevó. Ellos ya no eran salvo lo que permanecían en quienes les habíamos sobrevivido.

De repente esta noticia publicada ayer me removió por dentro y fui incapaz de ver las escenas y las fotos, sólo la esquina de una de ellas, aquella mano apergaminada, me encogió el corazón. Sinceramente, sabía que su desnudez iba a someterse al escrutinio de estudiantes y profesores, y me removía algo, pero lo aceptaba, contando que se tratarían como lo hace al parecer el otro departamento de anatomía de la misma universidad: seguir un protocolo de higiene, de control y, me parece, de respeto.

Un funcionario prejubilado, cabronada de recortes como realidad o como excusa, un horno en malas condiciones, un sindicato que no atiende toda la problemática, una facultad que miente descaradamente al confirmar en un comunicado las contradicciones, una dirección inhumana o ignorante… Asco, eso es lo que sentí ayer. Y naturalmente, nadie será culpable de que se les haya robado la poca dignidad que merecen tener esos restos que sólo representan algo etéreo y magnífico a sus seres queridos.

Por la tarde hice una crónica para Radio Ciudad de Buenos Aires, interesados y asombrados por la noticia, y al preguntarme por los familiares, me presenté como uno posible. Hablamos del tema, luego me derrumbé. Seguramente no están ahí, pero es lo que menos importa, sentí como si estuvieran porque de no ser estos, tal vez hayan tenido similar trato. Un trato miserable. Me preguntaron qué iba a hacer. ¿Qué voy a hacer? Yo se los entregué a ellos, y no puedo hacer nada, salvo clamar para que se corrija inmediatamente esta situación, para que se traten con el máximo de corrección y decoro, para que estos temas no vuelvan a salir a la prensa. Los estudiantes no sólo tienen que aprender ciencia, también humanismo, valores sociales que se pierden desconsideradamente.

Prensa que, por cierto, saca una noticia dramática y horrenda, que afecta a un puñado de familiares, con un relato desconsiderado y zafio. Pero claro, esta prensa de hoy ha perdido toda la profesionalidad, todo el decoro y todo el sentido humano.

Un daño colateral ha sido enterarme que ahora hay gente que toma la decisión de la donación del cuerpo por motivos económicos, porque no va a tener dinero para enterrar o incinerar a sus muertos. Mis padres lo hicieron por convicción, así lo haré yo, pero esa otra perspectiva, ¿no es terrible?, ¿no refleja el camino que está siguiendo nuestra sociedad?

¡Malditos sean!

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