Un Bomarzo denso, intenso, grande

Abr
2017
26

Publicado por en Arte y cultura

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No deis mucho valor a mis opiniones sobre ópera, no es la mía una voz autorizada en ese ámbito de la creación. Pero sí quiero comentar aquellas que tenga la oportunidad de disfrutar desde mi sitio; a mi manera, desde mi experiencia. Bomarzo me ha encantado. Es una obra intensa, libreto de Mújica Láinez sobre la historia de su novela homónima, y música del gran Ginastera. Y me ha parecido un soberbio espectáculo, por mucho que casi la mitad del teatro Real se fuera en el intermedio.

Desde mi asiento distingo la estampa duplicada de dos cincuentones agrietados. Ambos con revuelta melena rizada blanca, frondosa y abandonada barba blanca, y gafas negras de gruesa pasta negra. Están en la primera fila de la cuarta planta, asomados al vacío sobrecogedor que construye el patio de butacas frente al escenario donde los sueños y las pesadillas cobran vida, haciéndose tejido carnal. Luego, el estrépito de la oscuridad, templada por las lamparillas de los músicos, que para esta ocasión se han comido una o dos filas de butacas. Y comienza la función, la ópera Bomarzo.

Es una de las novelas más hermosas de la literatura de todos los tiempos. Y con la idea que le surgió ante el bosque de monstruos pétreos que conoció cerca de Viterbo, con la trama de ese personaje que volvió fascinante: el duque Pier Francesco Orsini, su autor, Manuel Mújica Láinez, compuso también el libreto al que Alberto Ginastera puso la música, una música envolvente, contemporánea, como un guante  a las intenciones del texto.

La ópera es el espectáculo integral, y aquí se desvela descarnadamente. La música hace cuerpo con el texto poético y denso de Mújica Láinez, la interpretación es brillante y el montaje, discutible, nos arropa para no sacarnos del delirio, de la mente atormentada de un protagonista contrahecho que tal vez sólo reaccione al maltrato recibido, incluso por sus seres más próximos.

Hay dos asuntos que responden al contenido de la obra: el anhelo de inmortalidad del duque y su camino de crímenes en su afán de poder. No cabe duda de que la prohibición de representar la obra en 1967, cuando gobernaba la Junta Militar en Argentina, viene de ahí, y eso porque el poder tiránico siempre se ha ofuscado, desde su mediocridad, contra el arte que no entiende, que sólo contempla en su faceta subversiva. No, la obra no es un panfleto, la obra es rica en matices, en meandros que nos perfilan una personalidad compleja y enloquecida, en situaciones de escalofrío, vivido todo desde ese último tiempo en la boca del Infierno. Aunque también molestaron, incluso en Nueva York, las secuencias sexuales de carácter provocativo.

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Un papel dominante de las percusiones entre los instrumentos, un coro fantástico, incluidas las voces de los niños, un papel principal interpretado de manera soberbia por John Daszak, que permanece todo el tiempo en escena. Y tal vez se le podría discutir a los coreógrafos, al escenógrafo y al creador de los videos haberse alejado del naturalismo en su plasmación estética. Sin embargo yo no lo hago, a mi me ha resultado el montaje perfecto, en este tiempo, para esta pieza dramática. Montaje sobrio, lineal, casi vacío pero aplastante.

Claro, todo lo demás no valdría si no se hubiera logrado esa conjunción fascinante entre un texto difícil pero hermoso y lleno de contenido y una música envolvente, dramática, dirigida con rigor, sin concesiones.

Eso sí, un espectáculo de imposible acceso para quien no forma parte de las clases acomodadas que viven en las zonas de confort de la sociedad. Así se ha decidido que sea la ópera, sólo para ellos, mientras que mucha más gente podría disfrutar, seguro que bastante más que aquellos que abandonaron en el descanso el teatro.

 

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