Un viaje solidario y político (crónica de #CaravanaAGrecia)

Ago
2016
02

Publicado por en Sociedad

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Un viaje. A Grecia. En caravana. Iniciativa ciudadana. Solidaria, política. Los adjetivos sobran sabiendo que es por los refugiados, supervivientes de una guerra. De otra guerra tan injusta, tan absurda, tan cruel y tan inexplicable como casi todas las guerras que han sido, que son y que seguirán siendo. Se puede explicar por intereses de unos pocos, intereses políticos, negocios en juego. Guerra sucia, guerra destructora. Caravana a Grecia desde Madrid, desde otros puntos de la geografía del estado, con destino a Tesalónica. Para denunciar a los insensibles gobiernos europeos, al español, maldito igualmente.
Un viaje duro, de decenas de horas en bus, de dormir en el suelo. Recuerdo a los mineros cuando llegaron a Madrid, recuerdo las marchas de la dignidad, y otras, cuando llegaban a dormir al polideportivo de Villalba. Ahora me toca a mí. Salir a protestar, a gritar la queja, a denunciar, a mostrarles en el espejo del pueblo, la fealdad de su esencia. Somos pueblos, somos gente, somos personas que decimos que no puede seguir esta barbarie, que no aceptamos que el Mediterráneo siga convertido en fosa común de seres humanos que huyen de la muerte, de la miseria, sin familia, o con familias rotas, o con seres queridos perdidos, solos, solas, con la tragedia pintada en la cara, con apenas sueños salvo el de sobrevivir y que les dejen en paz, que les permitan rehacer sus vidas, masacradas.

Yo estaba con casi todo resuelto en mi casa (es un decir), pero llorando a veces ante la pantalla de televisión, teniendo pesadillas, y no sólo por un niño fotografiado muerto en la playa, sino por los miles perecidos, por las noticias de cada día, por ciudades destruidas con olor a petróleo, por columnas embarradas a las que se les cortaba el paso por muros sin piedad, por concertinas salvajes, por su encarcelamiento en campos de concentración, por el desalmado comportamiento de una Europa ruin y malvada que sólo se dedica al negocio, al comercio, incluso de las mismas armas que destruyen países de los que sólo buscan aprovecharse, en ese momento y en la reconstrucción. Todo son beneficios, y si no, no es. Que dista demasiado de ser la Europa de los pueblos soñada, ni siquiera es una Europa necesariamente humanitaria, desde luego que insolidaria. Subvenciones para modernizar puertos y fronteras que impidan el paso a los que tienen otra cultura, a los indocumentados, a los refugiados hambrientos de paz y cariño. Continúa el tráfico de armas, el legal y el otro, lo que sirva para incrementar capital.

Así que me embarqué en la caravana porque quería sumar mi voz al grito contra los gobiernos que matan, también el mío. De Madrid salimos un autobús, que se encontró con otros cuatro en Barcelona. #CaravanaAGrecia, llegamos tarde al acto donde intervino Ada Colau, porque va habiendo gente que nos representa, aún las enormes dudas.

Pasamos por Milán, y dormimos en una fábrica okupada por los trabajadores. Y los que participábamos en la misma rabia y en la misma ilusión fuimos fortaleciendo la relación fraterna. Milán, Ancona, Igoumenitsa. Tras la paliza del ferry, que también aprovechamos para hacer originales asambleas en cubierta, y de nuevo el bus, llegamos a Tesalónica, el No Border Camp donde nos reuniríamos con compañeros alemanes, franceses, italianos, naturalmente que griegos… Allí se respiraba aire ácrata, todo autogestionado. Prohibidas las fotos en el campo, una orden que se entiende por la presencia del black bloc, que no va conmigo porque en las actuales circunstancias la violencia me parece inútil y me parece que sólo daña la esencia de nuestro mensaje.

Asambleas. Encuentro colectivo. Discusiones, a veces pesadas por las repeticiones, hablar por hablar para diferenciar detalles que no merece la pena resaltar, personalidades al descubierto; pero se encuentra el camino de ser eficaces, de lograr los objetivos.

Un deseo programado era entrar en los campos, conocer sin intermediarios las condiciones en las que viven. No pudo ser para todos, resulta muy complicado y no estaba preparado. Pero los ves por las calles, llegaron a haber cientos en el campo. Los ves, no llevan cartelitos que digan que son refugiados o refugiadas, más que nada porque no son monos de feria. Son gentes que se han quedado sin casa, tal vez sin familia, y que buscan un rincón en el mundo donde volver a vivir con la tranquilidad brutalmente segada. Es una persona, tal vez el padre. Es otra persona, tal vez la madre, que está dando un puré a un niño en su sillita, cerca corretean otros dos. Son como tú y como yo, son seres humanos. Los ves. No son objeto de turismo, aunque algún visitante sólo anhele “abrazar a un niño”. Niños son muchos, a montones, solos, medio abandonados, necesitados de ese cariño que les dan y que enseguida desaparece. La única diferencia con nosotros es que se han visto forzados a dejar su país. Son desplazados. Son miles, decenas de miles, centenares de miles, millones. Como tú y como yo. No llevan un cartelito que les marque, ni documentación que identifique su legalidad. No son legales porque los gobiernos no quieren legalizarlos. Sólo son personas, como tú y como yo. Millones de personas a quienes los gobiernos no les dejan un rincón en el mundo donde recuperar una vida digna. Un chiquillo de catorce años lleva en brazos a un crío que llora. La madre del niño que llora ha muerto en Siria, y su padre apenas le atiende, está demasiado cansado, demasiado perdido, pendiente de sobrevivir, superado por su drama. Otros se refugian en grupo. En la ciudad, en Tesalónica, ves a los menores deambulando, o en algún hueco escondido el andrajoso campamento medio clandestino de una familia. Los demás, la abrumadora mayoría, sobrevive en los campos militarizados, esperando. Sin condiciones aceptables. Son personas, cada una de ellas como tú y como yo, que esperan una solución que no llega, para vivir como tú y como yo, es decir, con un techo y una comida que no tendrán que buscar desesperadamente también al día siguiente, y trabajar, y vivir con dignidad. Sí, otra vez la maldita dignidad, tan pisoteada. Los ves. Son un exceso de niños y niñas de todas las edades, de jóvenes, de adultos que ignoran las razones de todo, que sólo necesitan respuestas rápidas, soluciones urgentes. Que nadie les da, aunque son fáciles. Tampoco tú, ni yo.

Visita a dos centros de detención. Cies hay en toda Europa, donde se encarcela a gentes que no han delinquido, que sólo han cometido la terrible falta de no recibir documentación. Paranesti, en un pueblo pequeño al norte, envuelto por montañas y bosques, cerca del límite con Bulgaria. El black bloc se prepara para la acción. Una comisión logra entrar en el centro para ver sus condiciones. Sólo un dato: cuando uno enferma, el médico tarda entre cuatro y cinco días en visitarle. Pero son jóvenes, sanos, están fuertes, profundamente desasosegados y febrilmente ansiosos por no saber qué hacen allí ni a qué esperan tras cinco o seis meses presos. El gobierno había prometido cerrarlos, pero no se cierran. Xanthi ya está en el camino de vuelta a Tesalónica, allí no se recibe a la comisión, allí la policía tira gases. ¿Gas pimienta o gas lacrimógeno?, gas que pica, que escuece, gas represor. Aunque la policía griega, ante todo, se manifiesta a la expectativa, cubriendo objetivos, a la espera. Una realidad: Grecia, que es un país pobre que Europa ha terminado por machacar, cobija 57.000 refugiados.

Idomeni, donde se hizo visible en Europa el drama tras la huida de la guerra. Allí queremos llegar, pero la policía nos lo impide. Tenemos previsto una performance y la idea de dejar una pancarta de VERGÜENZA en la alambrada, en las concertinas, en aquel punto fronterizo con Macedonia donde comenzó el éxodo sirio. Pero la cortés policía que, dicen, nos protege de Amanecer Dorado desde que entramos en el país, según orden del ministerio griego correspondiente, que nos acompaña, nos guía, que nos controla, lo impide. Lo hacemos en un puente con la vista en Idomeni, los policías se convierten en únicos espectadores. Estamos allí para difundirlo luego por las redes, donde están los únicos altavoces libres de información que existen en España, salvo honrosas y minoritarias excepciones.

La embajada de España en Atenas. Se supone que territorio nacional en Grecia, pero donde algunos no tenemos permiso para entrar. El cónsul recibe a una comisión en la calle. Así es nuestro gobierno. Para explicar muy correctamente que no pueden hacer nada. Sabemos que no quiere. Porque el gobierno español no tiene humanidad, no es solidario con otros pueblos. Algo parecido no entra en sus genes. Ya acogieron a 150, se están preparando para otros 200. Y punto. 350 son una gran victoria, un desgaste excesivo. Exigimos que se conviertan en puerta de entrada a Europa porque en España hay una larga lista de familias dispuestas a recibir por un tiempo a gentes necesitadas, hay ciudades declaradas refugio. El gobierno sólo tiene capacidad en su corazón para un puñado. Mientras, el pueblo tiene hambre de colaborar, de dar lo que haga falta, de recibir a los que sea. A pesar de las mentiras y los mensajes con los que les confunden: te van a quitar el trabajo, entre ellos vienen terroristas, van a instalar su cultura contra la tuya…

Cuando regresamos satisfechos y cansados, vencidos y vencedores, frente a la cafetería el Brillante de la glorieta de Atocha, alguien nos había preparado un desayuno, una compañera ha hecho tres bizcochos, hay café, zumos… Era como comenzar una nueva jornada a las cuatro y cuarto de la madrugada. Comenzar de nuevo. Grecia es frontera de Europa. España también tiene una frontera sur con África. España también tiene cárceles para los sin papeles. España tiene un gobierno inhumano, que da la espalda al sentido solidario y a la vida. Preparar un nuevo viaje. Seguir reuniendo voces que levantar, seguir sintiéndonos mujeres y hombres libres, dueños de nuestros actos, denunciando a quienes no nos representan, porque ellos están al servicio de los grandes bancos y de las transnacionales, ellos sólo piensan en cómo beneficiar a sus amigos y en beneficiar a sus familias y en beneficiarse ellos mismos. Nunca piensan en los demás, nunca actúan en favor de la gente de la calle, de nosotros, del colectivo, de la sociedad en su conjunto, de la mayoría. Si, viajar de nuevo, a Melilla, a nuestros muros interiores y exteriores, para manifestarnos contra la crueldad de nuestro sistema, de nuestro estado.

Comprendo, ya en mi casa, que se me han llenado los ojos de paisajes nuevos, de dolores confirmados, de emociones contradictorias, de convicciones fortalecidas, de preguntas elementales, … ¿cómo es posible que hoy mueran niños por falta de agua? ¿Por qué tantos ahogados en el Mediterráneo? ¿A quién beneficia tanto drama? ¿Quién necesita las guerras? Un viaje como este te enseña cosas tan intrascendentes como el valor de una botella de agua o una ducha o un plato de arroz con verduras o un abrazo. Por encima de todo, el valor de la solidaridad. Nos envuelve la convicción de que la ciudadanía tiene que responder y, si es necesario para detener esta bestialidad, usando la desobediencia civil y todos los medios a su alcance. ¿O acaso dentro de cuarenta años, en el aniversario de este colosal drama todo el mundo se estará dando golpes en el pecho por haberlo consentido, como ahora se hace respecto al nazismo?

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  1. Pepe Colsa
  2. Carmen Abenza Lopez
    • V.C.

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